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HISTORIA DE Motilleja

Como otras muchas actividades cotidianas llevadas a cabo por el pueblo llano en cualquier ámbito, que no son documentadas ni reflejadas históricamente de ninguna manera, y, en nuestro caso, por tratarse de agrupaciones espontáneas de personas creadas para divertimento de ellas y de los demás, es difícil acertar con el origen cronológico de este tipo de agrupación musical, de esta forma de expresión popular surgida a través de la música, y conocida hoy, y ya en el siglo XIX y XX, con el nombre de Ronda. No nos cabe duda que, atendiendo a los orígenes de algunas de las piezas que conforman el repertorio tradicional de la música popular de Motilleja, es posible pensar que desde el siglo XVIII se toca, se canta y se baila en Motilleja y sus aldeas ribereñas con una clara y evidente transmisión generacional local de formas rítmicas, interpretativas, vocales, instrumentales y coreográficas.

La primera Ronda que podemos datar fielmente en Motilleja es la denominada Ronda de Pedro o Ronda de Perico Coronel que ya se hacía oir allá por el año 1917 por las calles del pueblo y que estaba compuesta por Pedro Ruipérez (voz y guitarra), José Cuesta (voz y guitarra), Juan José Leal (laúd), y Bernabé Cebrián (octavilla). Precisamente será éste último, Bernabé Cebrián, quien vaya enseñando el repertorio a nuevos músicos. Además, Bernabé Cebrián es el origen de una saga de músicos locales que sigue viva en la actualidad ya que su hijo Pascual, su nieto Antonio, y su bisnieto Enrique, son verdaderos continuadores de la tradición musical familiar y ejemplo vivo y diáfano de la transmisión generacional motillejana a la que ya nos hemos referido y aludido en varias ocasiones.

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Aproximadamente en el año 1925 se creó una nueva Ronda propiciada por Bernabé Cebrián y Modesto Monteagudo. Son años en los que la música más tradicional comparte protagonismo con nuevas melodías que la moda imponía (pericones, mazurcas, valses, polcas, javas, pasodobles, etc.), lo que obligaba a la modernización del repertorio e incluso al cambio de nombre de Ronda por Banda, de tal forma que en esos años podemos hablar de la popular Banda de Modesto.

Esta nueva agrupación estuvo formada por Modesto Monteagudo Alcañiz (guitarra), Amador Monteagudo Alcañiz (violín), Bernabé Cebrián (octavilla), Pascual Cebrián (voz y laúd), Damián Navarro (laúd) y Anita Cuesta (bandurria). Algunas veces, y si lo requería la ocasión, Modesto, que era quien contrataba las actuaciones, traía también algunos músicos de pueblos vecinos para apoyar y reforzar la Banda, como fueron un acordeonista de Tarazona de la Mancha o un guitarra de Valdeganga.

La guerra civil española de 1936-1939 provocó la disolución de la Ronda e incluso la pérdida de alguno de sus miembros en la contienda. La crisis económica y social de los primeros años de posguerra obligó a las gentes de España entera a pensar más en llenar la barriga que en cantar o bailar.

Con el paso de los años la vida se fue remontando y con ella los músicos volvieron a tener la ilusión por rondar y templar sus instrumentos pero un nuevo presente, ideológicamente dirigido por el poder político establecido, propiciaba la creación de grupos de coros y danzas (también después conocidos como de educación y descanso), así llamados por la Sección Femenina del Movimiento, organismo oficial que se puso al frente de este tinglado, con la intención de clasificar el folclore por provincias, recopilar músicas y bailes que, erróneamente en muchos casos, se dieron por muertos, y con el fin de estructurar todo el material recogido en simples exhibiciones de escenario y convertir ese “nuevo folclore” en un espectáculo oficial y oficializado transformando toques, cantares y bailes en ritmos simples, coplas censuradas y coreografías inventadas, es decir, se instauró un “folclore oficial” que, curiosamente, era bien distinto al tradicional.

Mientras, los viejos músicos de la Ronda, de las Rondas, seguían tocando y echándose unas piezas con sus amigos y familiares, al amparo de un vaso de vino y una sartén de gachas, fieles a una tradición que en sus manos, en sus instrumentos y sus gargantas sí seguía viva, y las gentes que siempre habían bailado con sus pasos de jota, de fandango o de seguidilla, continuaban haciéndolo, de manera natural, sin necesidad de colocar los brazos de una manera u otra, o cambiar de pareja en el sexto o noveno compás, o disfrazarse con un absurdo y falso refajo “típico”.

Como consecuencia de esta desgraciada política cultural se unificó y “uniformó” todo el folclore y se metió en un mismo saco músicas y bailes para mayor gloria nacional y, además, sólo fue legítimo durante muchos años tocar y bailar en grupos de coros y danzas, que respondían a idénticos criterios y a una única forma de ver y entender el folclore musical y coreográfico, lo que supuso una pérdida irremediable de no sólo buena parte del repertorio más tradicional, sino de fuentes de información, de formas de interpretación, metodologías de enseñanza, peculiaridades artísticas, y singularidades de actuación musical, vocal y coreográfica que habían transmitido las generaciones precedentes. Las manifestaciones vivas de la cultura tradicional campesina, como las Rondas, van a ser olvidadas de manera intencionada por los medios de comunicación del régimen, incluso por una inducida y apática sociedad, difundiéndose exclusivamente el “folclore oficial”, “el folclore verdadero”.

Lo cierto es que en Motilleja los músicos locales, “a su chini chana”, siguieron tocando, sobre todo en los mayos, en Santa Ana y en el Cristo, y enseñando las piezas más antiguas de la tradición, “las de siempre”, las denominadas “de baile suelto”, a los más jóvenes, junto a los temas más innovadores o modernos llamados “de baile agarrao”, a pesar del empuje de la modernidad, imparable, que imponía los bailes de gramola y tocadiscos, con más posibilidades de variedad de piezas, frente a los músicos locales de la Ronda quienes debían constantemente ponerse al día y actualizar su repertorio incluyendo siempre nuevas piezas de baile para poder competir con aquéllos.

Durante la década de 1950 destacan dos grupos de músicos, dos Rondas, que hacían los dos bailes del Domingo en Motilleja: el baile del cupo forzoso y el baile de la penicilina. Tal vez influidos por herencia de la penosa guerra que les tocó sufrir, los dos bailes se convirtieron en una “trinca” absurda que provocó un distanciamiento enorme entre vecinos y hasta entre miembros de una misma familia ya que un baile era considerado como de “los ricos” (de derechas) y el otro como de “los pobres” (de izquierdas), y los que iban a uno no iban al otro y viceversa.

En la década de 1960 se perdió casi por completo la organización de los bailes de los Domingos y festivos por parte de la Ronda o Rondas. Poco a poco la música más tradicional, la más nuestra, la más popular, se iba arrinconando y las gentes comenzaban incluso a no pedirla por considerarla agotada, caduca y fuera de moda. La modernidad mal entendida, la influencia de la radio, con sus coplas o canciones españolas y programas de discos dedicados, junto a la incipiente televisión empezaban a hacer mella y herir de muerte a los músicos tradicionales quienes, en un arrebato de amor a lo aprendido de sus mayores, continuaban tocando y enseñando a nuevos músicos quienes mantenían la interpretación y la ejecución del repertorio festivo cíclico más público, como era la noche del 30 de abril con sus rondas de mayos, a la Virgen y a las mozas, o la ronda de las coplas aguilanderas de la Navidad, o tocaban por Santa Ana y por el Cristo por las calles del pueblo. Tampoco faltaban las “zahoras” de amigos, meriendas y comidas festivas en las que la música y la “cuerva” no podían faltar.

Curiosamente, en 1965 se crea en Motilleja el grupo local de coros y danzas sin contar con los músicos tradicionales del pueblo y trayendo a tocar a la rondalla de Navas de Jorquera, con lo que en vez de tocar el repertorio de la tradición oral motillejana se reinventa un nuevo folclore para este grupo con otros bailes y músicas ajenos al pueblo.

En los años posteriores a 1970 se produjo la gran crisis demográfica que trajo consigo la emigración a la ciudad de muchas familias motillejanas. La música realizada por los músicos locales se reduce ya a celebraciones privadas, cada vez más esporádicas y cada vez más de puertas adentro que en la calle. El cine sustituye definitivamente a los bailes mientras guitarros, octavillas, violines, guitarras, bandurrias y laudes comienzan entonces a colgarse en las paredes como elementos decorativos de muchas casas o a guardarse en las “cámaras” junto a los muchos trastos viejos que la modernidad y el desarrollo iban provocando y acentuando su caducidad. Algunos músicos siguen desarrollando su afición en sus casas, de manera individual y particular, aisladamente. Sirva como anécdota la afición musical de Pascual Cebrián “El Blanco” (hijo de Bernabé, padre de Antonio y abuelo de Quique, la saga de los Cebrián, músicos populares de Motilleja), de oficio barbero, que deleitaba a sus clientes tocando su viejo laúd mientras les afeitaba o cortaba el pelo, quien cuando tenía la faena a medias dejaba la navaja o las tijeras y decía “te voy a tocar una pieza”. Cogía su laúd tocaba una o dos piezas y después continuaba con el servicio solicitado por el cliente.

Será la década de 1980 la que vuelva a desempolvar los viejos instrumentos y se retomen las coplillas y cantares de los ya abuelos músicos que, como el mejor tesoro, guardaban en su memoria todo un saber popular, tradicional, muchas veces despreciado y poco valorado. Todo ello gracias a una nueva moda que va a revalorizar y a actualizar algunos de los elementos más importantes de la cultura tradicional campesina.

Se crean asociaciones culturales que dedican su esfuerzo a recuperar tradiciones en vías de extinción. De gran importancia será la creación de la Asociación “Alquería”, que realizaba una revista de tradiciones populares, llamada “Lugares” en la que recopilaban desde coplas hasta recetas. Gracias a la Asociación de Amas de Casa se crea un nuevo grupo de folclore, que coexiste con los músicos tradicionales de las antiguas Rondas en algunas festividades como los Mayos. También desde la Asociación de Amas de Casa de Motilleja, hay gran inquietud por enseñar a hacer encajes de bolillos, bainicas o la gastronomía más tradicional.

La década de 1990, principalmente, ponen de manifiesto el especial interés de las nuevas generaciones y las instituciones públicas por actualizar y valorar culturalmente y en su justa medida el saber de nuestros mayores, definido en toda su extensión como la cultura tradicional campesina. Algunos estudiosos, etnógrafos y antropólogos, como Manuel Luna o la Asociación Cultural Ronda de Los Llanos de Albacete, rescatan y ponen en valor las músicas, los instrumentos y los bailes ya casi desaparecidos socialmente haciendo entender a todos, la importancia y el valor cultural del fenómeno de la Ronda como recurso patrimonial del pueblo.

Desde las diversas asociaciones de Motilleja se realizan importantes actuaciones de recuperación de costumbres y tradiciones, entre las que destaca la formación de la Ronda al más puro estilo tradicional, ya que se parte de la unión de los viejos músicos locales, quienes van a decir cómo hay que hacerlo, cómo hay que tocar y cantar, junto a un nutrido grupo de jóvenes entusiastas quienes vuelven a sentir la música tradicional como suya, como algo que les llega muy dentro y les impregna, como algo que les pertenece simplemente por ser motillejanos, y retoman de nuevo la denominación de Ronda, en este caso como la Ronda de Motilleja. Para ello, los nuevos músicos van a utilizar el repertorio tradicional con el que varias generaciones cantaron, tocaron y bailaron en Motilleja y en las aldeas de la ribera del Júcar, la manera y las formas de interpretar esas piezas, los instrumentos más populares, las coplillas, los rituales, etc.

El siglo XXI, por tanto, nos va a mostrar, excepcionalmente, la actualización de la Ronda como elemento perfectamente válido y actual, heredado de la tradición lúdica y festiva de Motilleja, con capacidad suficiente de obtener esa clara, y casi exclusiva, funcionalidad de diversión, fuera de su primitivo origen pero inevitablemente unido a él, encadenado en él, inducido por él, evolucionado de él.

El origen de la Ronda, de las Rondas, tal vez sea difícil de precisar, y a mi juicio, ni falta que hace; lo que sí sabemos es que se trata de una tradición viva en Motilleja que ha ido evolucionando, adaptándose a todas las épocas, a los tiempos, y actualizándose per se, como legado de la cultura tradicional campesina de nuestros antepasados. No será extraño al visitante de Motilleja encontrar a la Ronda en el bar, en la taberna, templando sus guitarros y echando unas piezas, sin necesidad de crear un espectáculo folclórico, sin necesidad de un escenario, sin necesidad de grandes carteles anunciadores, sin necesidad de que el día sea festivo o no lo sea, sin alharacas, simplemente sintiendo la necesidad de expresión, comunicación y de divertimento que tantos músicos motillejanos sintieron en tiempos pretéritos.

Jotas, fandangos, seguidillas, rondeñas, torrás, tonadas, jeringonzas, toreras, aguilanderos, mayos, forman su repertorio; la improvisación dentro de un orden, las inflexiones de voz, los melismas, el vigoroso toque de guitarros y guitarras, la libertad de ejecución en entradas de jotas o fandangos, los golpes de percusión, el inicio de los temas únicamente con el ritmo básico de una guitarra, el rasgueo más primitivo y diferenciado, las guitarras cruzadas en afinación, las coplillas inventadas e improvisadas, el baile espontáneo, son sus maneras, sus formas interpretativas; la octavilla, el laúd, la bandurria, las guitarras, el requinto, los guitarros, los platillos, el pandero, las panderetas, las castañuelas, la botella de anís, el cántaro y las voces, son sus instrumentos; el buen hacer, las ganas de divertir y divertirse, la autenticidad, la sencillez, la armonía, la fiesta, la amistad, la generosidad y el respeto a la tradición, son aspectos de su filosofía, de su sentido actual, de su función social, de su razón de ser.

La Ronda de Motilleja es una linda y saludable excepción en el panorama musical de Castilla-La Mancha, una excepción que hay que conocer, que hay que cuidar, que hay que valorar, que hay que amar, que hay que mimar, que hay que respetar para poder gozar, para poder sentir, para poder vivir, para poder entender la música tradicional, la música de un pueblo, en su estado original, en su medio natural, en su esencia espacio-temporal y ritual; sin adulteraciones, sin necesidad de intuir, imaginar o reinventar nada, sin acudir a nostálgicos y pedantes costumbrismos rurales, sin crear hipócritas y vacías solemnidades, sin necesidad de ofrecer grandes piezas musicales para lucimiento de virtuosos instrumentistas. La Ronda de Motilleja existe, es, está, en la calle, en la plaza, en un patio, en un porche o en la taberna, pa echar unos cantares, pa tocar unas piececillas, pa echar unos beiles y unas güeltas al aire, ¡ea!.




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